«¿Podrías orar por mi hermana?», preguntó, incómodo, el fornido obrero. Lo miré de manera sospechosa.
Mis compañeros de trabajo reaccionaron con hostilidad, y ese fornido obrero fue el cabecilla. ¿Alguna tarea indeseable…? Allí iba yo, obligado a hacerla. Era el blanco de los chistes más subidos de tono.
Por eso, sospeché de ese pedido de oración. «¿Por qué yo?», pregunté. Su respuesta me sacudió: «Porque ella tiene cáncer —dijo con aspereza— y necesito alguien a quien Dios oiga». El rencor desapareció cuando oré por su hermana.
Como en el caso del centurión de Lucas 7, los que atraviesan tormentas en la vida no pierden el tiempo ni andan con rodeos, sino que recurren directamente a aquellos cuya fe consideran real. Debemos ser esa clase de personas. ¿Nuestra vida nos señala como una persona buscada, por estar en contacto con Dios?
Aun la persona más hostil podría buscar ayuda cuando un ser amado está en peligro.